LEER CON LUZ DE LUNA

UN MAPA DE LA IDENTIDAD CULTURAL:

PORQUE HAY SILENCIO, DE ALBA AMBERT


Luz Marina Rivas

Así como las historias de vida permiten estudiar la microhistoria o historia de las comunidades, sus versiones ficcionales en la forma de novelas biográficas o autobiográficas permiten representar múltiples aspectos de la cultura. En el caso de la narrativa producida por los hispanos en Estados Unidos, las historias de vida ficcionales permiten representar y reinterpretar el desarraigo y los choques culturales. La novela Porque hay silencio (1990), de Alba Ambert, narradora y poeta puertorriqueña, así como promotora de la educación bilingüe, elabora a partir de la vida de su protagonista los diversos hilos que configuran una identidad en conflicto, producto de todas las exclusiones: por motivos de género, de raza, de lengua y de origen.

Portada del libro

Porque hay silencio relata la historia de Blanca, una mujer puertorriqueña, quien al principio de la novela se encuentra recluida en un hospital para enfermos mentales, luego de haber intentado suicidarse. A partir de allí, se narra en tercera persona su historia. Había nacido en una choza en un barrio muy pobre de Puerto Rico, El Fanguito, en medio de la miseria. La madre, que trabajaba como costurera en una fábrica, mientras su marido sin trabajo se dedicaba a la bebida, abusaba de su esposa y tenía otra mujer, muere cuando Blanca tiene aún muy pocos años, tres o cuatro. El padre, desapegado de la niña, la deposita en la casa de unos parientes lejanos, hasta que la abuela Bernarda, quien vive en Nueva York, solicita que se la lleven para criarla. El prolongado rechazo del padre y la crueldad de los castigos de la abuela, que usa a la niña como una especie de esclava personal hacen de Blanca un ser permanentemente asustado y con sentimientos de culpa.

El abuso infantil perpetrado por la abuela llega a límites impresionantes: a los cuatro años, Blanca debe aprender a lavar los platos montada en una plataforma hecha para ella, y es castigada brutalmente cuando se le rompe alguna pieza, por lo cual, dice la narradora con ironía, desarrolló una motricidad increíble para su edad. La niña, mal alimentada y maltratada permanentemente es obligada a transportar pesos más allá de su capacidad, es usada para tramitar las apuestas en las loterías ilegales de la abuela, es castigada desnuda recibiendo golpes con la hebilla de una correa. Con el tímpano roto, varias costillas fracturadas y el cuerpo lleno de moretones es hospitalizada y enviada a un hogar de cuidado estatal.

Sin embargo, su martirio recomenzaría al otorgársele la custodia al padre, quien luego de perder a su pareja la dejaría al cuidado de un compadre, que abusaría sexualmente de ella y la manipularía infundiéndole terror. Las denuncias de una maestra resultan en pasar de nuevo al cuidado del Estado hasta el regreso de la abuela, quien la reclamaría para llevársela a Puerto Rico. Allí estudiaría su bachillerato bajo la vigilancia de la abuela carcelera hasta ser violada salvajemente a los diecisiete años por quien se convertiría en un marido abusador. En medio de esta vida terrible, la Escuela, que no llega a ser tabla de salvación porque conocerá maestros castigadores también, logra ser agente de cambio. Si bien la miseria de las escuelas para niños hispanos en Nueva York le hacía pensar que ningún hispano llegaría a ser maestro, en Puerto Rico Blanca se convence de que sí es posible. El redescubrimiento de la lengua española le resulta estimulante. Su gusto por la lectura, iniciado en la infancia, cuando leía suplementos infantiles a escondidas en la lavandería automática, le despierta la imaginación. Las fantasías de los cuentos le permiten escapar por momentos en su vida miserable, del hambre, del frío y del abandono afectivo. En Puerto Rico, ya casada y trabajando duramente como secretaria, decide estudiar una carrera universitaria. El marido difícil se opondría y la castigaría quemando sus libros y anotaciones.

Finalmente, Blanca daría un vuelco a su vida con el divorcio y con la obtención de una beca para estudiar en Harvard. Realiza sus estudios con mucho esfuerzo y a pesar de la discriminación que se le hace por su origen hispano (con pintas violentas junto a la puerta de su apartamento, amenazas de muerte a su hija Taína) en plenos años sesenta, cuando el gobierno buscaba la integración racial en escuelas y universidades. Sus esfuerzos chocan con una sociedad insensible, hasta que Blanca intenta el suicidio. Cuando es internada en el hospital, se encuentra con la incomprensión del psiquiatra anglosajón que nunca la escucha verdaderamente, y con un sistema de salud violento que domina a los pacientes con píldoras o choques eléctricos.

En el sanatorio, Blanca confía sus problemas a otra paciente virtualmente presa en la misma institución, Celia, una feminista internada por su marido. Celia, también puertorriqueña y víctima de males parecidos, se hace su amiga y confidente. Sin embargo, esta amiga sucumbiría a la depresión causada por la pérdida de los hijos, de la libertad y hasta de la memoria y el lenguaje, despedazados en las sesiones de choques eléctricos. Su única salida fue el suicidio. Blanca, por su parte, decide intentar una nueva vida y salir del sanatorio por sus propios pies para recuperar su dignidad. La novela tiene un final abierto.

En general, esta novela se ha estudiado a la luz de los estudios de género. Se la ha visto como un paradigma de las representaciones de la violencia doméstica en familias de origen hispano en los Estados Unidos, lo cual puede resultar peligroso. La estudiosa Joan Marx (2007), en una interpretación de esta novela, apunta en que, en el caso de la protagonista, el asirse a sus raíces hispánicas parece prolongar la sumisión y el abuso. Una afirmación de este tipo puede resultar peligrosa. Aunque el texto reconoce que, en efecto, hay un problema social de pobreza y marginalidad en la representación, parece asimilarse la violencia doméstica a una condición esencial de la cultura hispánica, obviándose que se trata de un problema extendido en todas las culturas, más aún cuando confluyen elementos como pobreza, discriminación racial, falta de educación, alcoholismo y un largo etcétera.

Lo que nos interesa destacar en esta novela son las representaciones de la otredad puertorriqueña en los Estados Unidos, así como las representaciones de la cultura anglosajona desde una mirada puertorriqueña. La necesidad de la protagonista de consustanciarse con su origen para explicarse a sí misma y comprenderse como ser en el mundo es una constante en la novela, probablemente lo único que le permite recuperarse en medio de la hostilidad social que la acosa. Así, aunque el psiquiatra no desea escuchar y contesta con lacónicos “ajá”, Blanca se construye a sí misma desde su origen puertorriqueño y pobre. Es lo único que tiene, su asidero desde el cual hacerse una identidad que pueda otorgarle dignidad y, más adelante, un propósito para su existencia:

Arrancaría la herida verde tatuada en la garganta. Se enfrascaría en un soliloquio con el mundo que llevaba en su cabeza.

-Continúa- le instó el psiquiatra.

-Nací en El Fanguito. Arrabalera fui. O soy. No sé si puede una desvestirse de su nacimiento. Creo que aún soy arrabalera, aunque no estoy segura. Me he cuidado de trajearme con la indumentaria de rigor para el éxito, de acuerdo a los mejores cánones burgueses. Ya no visto como arrabalera, pero lo soy. No es fácil escapar a los tentáculos del destino. Aún así, uso vestidos conservadores con zapatos conservadores y medias largas. He caminado un largo trecho huyendo de El Fanguito.

Despegó sus ojos del cielo tan gris que parecía listo a estallar en llanto, o a rabiar, y miró la cabeza encalvecida del psiquiatra, doblegada sobre su cuaderno tomando notas o escribiendo cuentas. (5)

En esta cita es posible constatar el desencuentro de Blanca con el sistema al que ha debido hacerle el juego. El logro del sueño americano, el que atrae a los puertorriqueños, que parece tangible cuando es posible vestir como para el éxito, no redime del origen. Lo que será curativo será la aceptación de ese origen y las múltiples identidades adoptadas a lo largo de la vida, comprensión que vendrá desde el compartir con otros semejantes, como Celia, con quien se tiene en común el mismo origen, la misma trayectoria de abusos por ser mujer y haber sufrido los mismos abusos del macho, por no ser suficientemente blanca ni suficientemente negra para ser aceptada en la sociedad estadounidense.

En esas múltiples identidades, recorridas a lo largo de la novela como un texto biográfico, encontraremos a la niña puertorriqueña de un barrio miserable, la niña hispana pobre en el Bronx, la joven puertorriqueña ávida de aprender, la esposa maltratada, la becaria de Harvard, la spik amenazada, la estudiante marxista y contestataria pro independentista puertorriqueña, la madre abnegada, la profesional que hace proyectos de educación bilingüe. Todas ellas son Blanca y ninguna lo es sin las otras. Ese trayecto vital del inmigrante que viene y va, que es la condición de la migrancia puertorriqueña lleva a preguntarse cuál es el lugar en el mundo. La violencia de género es apenas una más de las violencias que debe sufrir la protagonista. A ella se suman la violencia social del choque cultural, la indiferencia de un Estado burocrático y homogeneizador, la clase social y la precariedad del sistema educativo, de protección social y de salud.

La representación de la otredad cultural es muy interesante en la novela. Cabe subrayar la marginalidad de los puertorriqueños pobres del Bronx, que ni siquiera hablan inglés, razón por la cual, la primera escuela a la que es enviada Blanca es una escuela para niños con retardo mental. El no haberse apropiado de la lengua la convierte, para el sistema, en una niña con retardo. Una vez dominado el inglés, Blanca ingresará a una escuela pública para niños hispanos, negros, italianos e irlandeses, donde la marginación provendrá de la mirada anglosajona de los maestros:

Los maestros y el director se mantenían a la periferia del círculo opresor de pobreza en que vivían los niños. No entendían ni deseaban entender a estos niños que si hablaban inglés, lo hablaban tan atrozmente que les paraban los pelos de punta y estas niñas, cuyas orejas eran salvajemente horadadas como en tribus africanas, para enterrar en ellas amuletos supersticiosos. Eran niños ultraterrestres, casi inhumanos. Estos niños que puntaban sus conversaciones rústicas, incultas, con muletillas repugnantes, que se ausentaban de la escuela para cuidar a sus hermanitos o traducir para un familiar enfermo en el hospital, estos niños que tramposos, se copiaban unos de otros, y comían comidas extrañas como cerdos grasosos y arroces colorados, estos niños que sólo permanecerían en las aulas hasta la edad compulsoria, eran signos de interrogación. Si estos niños sufrían hambre, padecían abusos, necesitaban apoyo para realizar su potencial, sus gritos de auxilio caían sobre piedras insensibles. Porque los maestros estaban en la escuela pública número 9 no por volición propia, sino por inexperiencia o porque sus habilidades pedagógicas limitadas no les permitían desplazarse en un distrito escolar más deseable. (60).

Si bien la novela comienza en el sanatorio, terminará con la salida del mismo. La curación no será el resultado de los barbitúricos, ni del haber estado amarrada con correas a la cama de hospital, ni del sufrimiento al constatar el suicidio de Celia. La curación vendrá de esa revisión autobiográfica del personaje para sí misma, ese contarse la vida de las amigas Celia y Blanca, ambas en la misma desesperación, ambas puertorriqueñas en un mundo anglo, ambas mujeres víctimas. La curación viene dada por el “yo” que se hace “nosotros”, por la constatación de ser parte de una parte de la humanidad que sufre. La reivindicación del nosotros empieza por la identificación con Celia y la necesidad de vivir la vida que Celia no pudo vivir cuando se le cerraron todas las opciones y se la despojó incluso de su dignidad de ser humano:

Caminó hasta la cama de Celia que permanecía vacía porque aún no había llegado ninguna paciente a ocupar su lugar. Blanca acarició la almohada portadora de tantas lágrimas secas. Olió la sangre de Celia que ella mantendría viva, caminando por las calles, besando a su hija, desenlazando los nudos de Camus, cargando con ella la angustia de vivir, pero también su dicha. Siendo la portadora de esa sangre ajena, se sentía como una mujer embarazada temerosa de tomar cafeína o fumar por temor a lesionar al feto. No permitiría las drogas terapéuticas, ni los desganos de vivir. Debía ser fuerte ahora para que nadie lograra apagar sus ojos despiertos, ni sus sueños, ni el aliento de sus poros. Se acostó en la cama vacía y cubrió su cuerpo con la manta limpia. Era su herencia. (165)

Si nos quedamos con el texto de la novela, ¿qué tenemos? Una biografía fuera de canon: no se trata de la historia de un personaje memorable para la historia; se trata de un relato de vida, una biografía de un personaje marginal, estigmatizado por el género, la raza y el origen geográfico, cuya identificación con los otros y la denuncia de su situación de injusticia construyen un texto testimonial, a pesar de tener el rótulo “novela”. Sin embargo, si nos situamos en los modos de producción del texto, encontraremos que la vida de la autora guarda simetrías con la del personaje: nació en El Fanguito, en Puerto Rico, se crió en el Bronx, tiene una licenciatura en Filosofía de la Universidad de Puerto Rico e hizo maestría y doctorado en Psicolinguística en la Universidad de Harvard. Se le ha preguntado acerca de si su novela es autobiográfica, a lo cual ha respondido que incluye la vida de otras mujeres puertorriqueñas, lo que nos hace pensar en Celia, en la afirmación del nosotros. El rótulo “novela” protege la intimidad de la autora, que a la vez se revela en el paratexto de la contraportada.

Podemos, entonces, leer esta novela como un texto testimonial que de alguna manera pudiera equipararse con textos como la autobiografía de Rigoberta Menchú, a quien se le reclamó que mucho de lo narrado no era cierto y ella replicó, igual que Ambert, que hizo suyas las vivencias de otros guatemaltecos en su obra. Así, la novela de Ambert, construida como relato biográfico en tercera persona, parece responder no a la biografía clásica, entendida como texto histórico, sino como se han comprendido las narrativas del “yo” a partir de Paul De Mann, des-figuración de un “yo”. Esta desfiguración o ficción del yo está animada, en este caso, por la fundamentación del testimonio, en el que el yo habla por un nosotros. Al fin y al cabo, como muy bien lo explica Leonor Arfuch (2002), en las narrativas del “yo” contemporáneas, se difuminan las fronteras de lo público y lo privado, el “yo” se conformará “no ya en el abismo de una singularidad que la sociedad vendría a avasallar, sino justamente en esa trama de relaciones sociales de la cual emerge y en la que se inscribe” (74). Añade Arfuch, que en las narrativas del yo, ya no importa la verdad de lo ocurrido, sino:

los modos de nombrar (se) en el relato, el vaivén de la vivencia o el recuerdo, el punto de mirada, lo dejado en la sombra… en definitiva, qué historia (cuál de ellas) cuenta alguien de sí mismo o de un otro yo (…) En el caso de las formas testimoniales, se tratará, además, de la verdad, de la capacidad narrativa del “hacer creer”, de las pruebas que el discurso consiga ofrecer, nunca por fuera de sus estrategias de veridicción, de sus marcas enunciativas y retóricas. (60)

Esta novela, ficción por lo tanto, es la ficción de un yo que se comprende como parte de un colectivo; como tal resulta muy convincente. Su juego con el paratexto, la simetría que se infiere, lo complejiza: la novela juega con el testimonio, pero reivindica el carácter ficcional de la historia narrada. No podemos confiar sólo en el discurso de la novela como indica Arfuch, pues el texto está dialogando con otros textos, de donde puede verse la dificultad del yo de narrarse, la tensión de los géneros del yo, resultante de la construcción de un sujeto fragmentado, escindido en dos culturas, sufrido, expuesto a una cultura de masas ávida de vidas privadas. Por todo ello, puede leerse como ficción biográfica y como ficción testimonial, como mapa de trayectorias de vida que construye no sólo una identidad individual sino una identidad colectiva: la de las puertorriqueñas pobres migrantes de los Estados Unidos. El rótulo “novela” permite decir grandes verdades desde una ficción. El juego paratextual nos inquieta: la verdad se asoma y se esconde. Lo que se dice sugiere lo que no se dice. Y queda la inquietud, porque hay silencio.

Bibliografía:
Ambert, Alba (1998). Porque hay silencio. Houston: Arte Público Press.
Arfuch, Leonor (2002).
El espacio biográfico. Dilemas de la subjetividad contemporánea. México: Fondo de Cultura Económica.
Marx, Joan (2007).
Breaking the silence in Alba Ambert’s Porque hay silencio: one woman’s journey. En MACLAS (Middle Atlantic Council for Latin America) Disponible en http://www.maclas.vcu.edu/journal/Vol%20XVII/john.htm.
Luz Marina Rivas es profesora titular de la Universidad Central de Venezuela. Coordinadora de la Maestría en Literatura Comparada. Doctora en Letras por la Universidad Simón Bolívar. Autora de La novela intrahistórica (Mérida, ed. El otro el mismo, 2004) y de la antología de cuentistas Las mujeres toman la palabra (Caracas, Monte Ávila Editores, 2004).
Luzmarina.rivas@gmail.com, luz.rivas@ucv.ve
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