RETRATOS DE PAPEL

MI ABUELA

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Orhan Pamuk

Mi abuela pasaba las mañanas en la cama, tapándose con un grueso edredón y apoyada en enormes almohadas de plumas apiladas unas encima de otras. El cocinero Bekir colocaba cuidadosamente una enorme bandeja con huevos pasados por agua, aceitunas, queso y tostadas encima de un cojín que mi abuela había puesto sobre el edredón. Pasaba su larguísimo desayuno leyendo el periódico y recibiendo las primeras visitas de la mañana en la cama. (De ella aprendí el placer de tomar un sorbo de té azucarado mientras se tiene en la boca un trozo de queso blanco duro. Mi tío, que nunca se iba a trabajar sin haber besado a su madre, llegaba temprano. Durante un breve período, antes de ir a la escuela y para que fuera aprendiendo a leer y escribir, yo también, como mi hermano mayor, me acercaba cada mañana al edredón de mi abuela, cuaderno en mano, intentando aprender de ella el misterio de las letras. Como luego descubriría en la escuela, me aburría aprender cualquier cosa de los demás, y cuando veía una hoja en blanco lo primero que se me venía a la mente no era escribir sino dibujar.

Todos los días, en medio de aquellas pequeñas lecciones de lectura y escritura, el cocinero Bekir entraba a la habitación y le hacía la misma pregunta con las mismas palabras: “¿Qué les vamos a dar a éstos hoy?”

Lo preguntaba con tanta solemnidad como si estuviera diciendo lo que había de prepararse ese día en la cocina de un gran hospital o de un cuartel. Mientras mi abuela y el cocinero hablaban de quién vendría de cada uno de los pisos de la casa para el almuerzo y para la cena, y qué se podía preparar intentando inspirarse en el “menú del día” que venía al final de cada hoja del Calendario de Horas e Informaciones Útiles, lleno de todo tipo de extraños datos, yo contemplaba alguna corneja que volara alrededor de las ramas del ciprés del jardín de atrás. (…)

En el cuarto de mi abuela, como en el de mi madre, había un atractivo tocador en el que habría podido extraviarse mi imagen al abrirle las alas y meter la cabeza entre ambas, pero me estaba prohibido tocarlo. Porque mi abuela que se pasaba la primera parte del día en la cama había colocado el tocador, que nunca utilizaba para maquillarse, de tal manera que al mirar desde la cama podía ver todo el largo pasillo, la puerta de servicio, el vestíbulo y el extremo del salón hasta las ventanas que daban a la calle, y así podía controlar el movimiento de toda la casa, a los que entraban y salían, a los que charlaban en un rincón, a los nietos que se estaban peleando. Como el espejo del tocador reflejaba en más pequeño cualquier movimiento que se produjera en el otro extremo de aquella casa perpetuamente en sombras, a veces mi abuela no podía identificar lo que estaba ocurriendo, por ejemplo, junto a la mesa con incrustaciones de nácar del lejano salón, así que gritaba con todas sus fuerzas desde la cama y Bekir acudía inmediatamente y le informaba de quién estaba haciendo qué.

Aparte de leer el periódico y a veces bordar flores en cojines, mi abuela pasaba la mayor parte de las tardes fumando y jugando al bézigue con otras señoras de Nişantaşi de su edad. Recuerdo que en ocasiones también jugaban al póquer. Me gustaba sentarme a un lado y manosear las monedas otomanas, perforadas, con los bordes desgastados y con las armas del sultán impresas, que salían de entre las auténticas fichas de juego guardadas en una suave bolsa de terciopelo rojo como la sangre.

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Una de las señoras que participaban en las partidas procedía del harén, clausurado después de que la familia imperial fuera obligada a abandonar Estambul tras la caída del Estado otomano, y se había casado con un compañero de trabajo de mi abuelo. A pesar de que mi abuela y ella, cuya manera de hablar excesivamente educada remedábamos mi hermano y yo, eran amigas, siempre se hablaban diciéndose “señora mía” mientras engullían felices los bollos de mantequilla recién salidos del horno y las tostadas con queso derretido que el cocinero iba trayendo de la cocina. Las dos estaban gordas, pero seguían tan contentas porque vivían en un tiempo y en una cultura donde eso no suponía ningún problema. Si resultaba que, una vez cada mil años, mi abuela tenía que salir a la calle o acudir a alguna invitación, la última etapa de los preparativos, que duraban días, consistía en llamar a la señora Kamer, la mujer del portero, para que subiera a halar con todas sus fuerzas las cintas del corsé de mi abuela. Yo contemplaba sobrecogido la larguísima escena de apretado del corsé que se desarrollaba detrás del biombo con empujones, tirones y “despacio, hija…” También me fascinaban los cuencos, las aguas jabonosas, los cepillos y tantos otros instrumentos que esparcía por el cuarto la manicura-pedicura que era llamada los días previos para que se pasara horas con mi abuela; pero lo que de veras ocupaba mi mente, con una mezcla de atracción y repugnancia, era ver las bolas de algodón insertadas entre los dedos regordetes de los pies de mi abuela mientras unas manos ajenas le pintaban las uñas de rojo bombero.

Veinte años después, viviendo ya en otras casas de otros lugares de Estambul, cada vez que visitaba a mi abuela en el edificio Pamuk me la encontraba por las mañanas recostada en la misma cama entre bolsos, periódicos, almohadas y sombras. El inigualable olor del cuarto, mezcla de jabón, colonia, polvo y madera, siempre era el mismo. Otra de las cosas de la que ella nunca se separaba era un grueso cuaderno de tapas duras en el que todos los días escribía algo. Dicho cuaderno, en el que apuntaba las cuentas, los detalles que no quería que se le olvidaran, lo se había servido en la comida, los gastos, los planes y la evolución del tiempo atmosférico, tenía una extraña cualidad de “cuaderno de protocolo”. Quizá porque mi abuela había estudiado historia, una de las consecuencias de aquel protocolo, que a veces daba lugar a que usara una lengua irónicamente ceremonial, y de su afición por los otomanos, fue que a cada uno de sus nietos se nos hubiera puesto el nombre de uno de los sultanes de los años gloriosos de la fundación del Estado otomano. Cada vez que yo iba a verla, después de besarle la mano, de meterme alegre en el bolsillo y sin sentir la menor vergüenza el billete que siempre me daba y de explicarle lo que hacían mi madre, mi padre y mi hermano uno por uno, mi abuela a veces me leía lo que estaba escribiendo en el cuaderno: “Mi nieto Orham ha venido a visitarme. Es muy inteligente y muy dulce. Estudia arquitectura en la universidad. Le he dado diez liras. Si Dios quiere, algún día tendrá mucho éxito en la vida y, como su abuelo, conseguirá que el nombre de la familia Pamuk se escuche con respeto.”

Después de leerlo, mi miraba con una sonrisa misteriosa e irónica por encima de las gafas que hacían que sus ojos con cataratas pareciera más raros aún, y yo intentaba sonreírle de la misma manera sin poder saber si tras su ironía se ocultaba un chiste dirigido a ella misma o el hecho de que había descubierto el sin-sentido de la vida.

Estambul, capítulo 12, Mondadori, Barcelona 2006, traducción de Rafael Carpintero.

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